He querido partir este blog -que estará enfocado preferentemente a la difusión de artículos de interés referidos al Derecho penal, la criminología y las ciencias sociales- con un trabajo escrito por el criminólogo Thomas Mathiesen, en el que expone las que, a su juicio, son razones de peso por las cuales se debe luchar para provocar una moratoria absoluta en la construcción de nuevas cárceles.
Creo que las palabras de Mathiesen -un reconocido activista por la abolición del sistema carcelario- hoy en día son de real importancia, toda vez que ellas salen a hacer frente a un peligroso movimiento que pretende hacernos creer que el punto central de los problemas sociales actuales se encuentran en el aumento de la criminalidad, y que la única forma de hacerles frente es sometiendo a más y más personas a prisión. Como Mathiesen, y otros criminólogos, han demostrado, la cárcel no es capaz de resolver ninguno de los problemas que dice solucionar; por el contrario, ella no es más que una forma violenta y brutal de control social, al que se somete no precisamente a los grandes criminales, sino preferentemente a las clases más “peligrosas” para el sistema, que “curiosamente”, además se identifican con aquellos sectores más carenciados y vulnerables de la población, para los cuales no hay otra respuesta que la represión.
En Chile actualmente éste se ha transformado en un tema de fuerte debate público. En los últimos días ha impactado la denuncia de un Magistrado de la República según el cual las condiciones en que viven nuestros presos no son sólo paupérrimas, sino que atentan en contra de los Derechos fundamentales de quienes están tras las rejas, los que viven en condiciones realmente inhumanas. Lo “extraño” de esto, es que si bien ello se sabía hace mucho tiempo, debido a que existían estudios previos que advertían sobre el hecho (como el Informe sobre Derechos Humanos en Chile, elaborado por la Universidad Diego Portales), pareciera que las autoridades recién se percataran de ello, y justo en el momento en que están en construcción y pronta puesta en marcha, de 10 nuevos centros penitenciarios, los que, se dice, paliarán en algo los actuales problemas de sobrepoblación carcelaria. Sin embargo, como tímidamente las autoridades también reconocen, pese a la construcción de estas nuevas cárceles, los problemas de hacinamiento no serán en modo alguno solucionados, ya que la expansión de la población carcelaria va en un notorio aumento, y cuando comiencen a funcionar la nuevas cárceles el déficit de infraestructura para recibir a los nuevos presos aún permanecerá y tal vez -de adoptarse otras medidas de “guerra” contra la delincuencia anunciadas-, ella será aún peor.
Ante esto, nos surge una pregunta lógica: ¿es la construcción de nuevas cárceles y el sometimiento a represión de más y más personas la respuesta más adecuada para los problemas de criminalidad, o es posible buscar otra salida? A algo de ello es a lo que se refiere Mathiesen en el artículo que ponemos a continuación.